m:^-

^ -r

' ' tt-»

'.-■zj

■máM¿

THE LIBRARY

OF

THE UNIVERSITY

OF CALIFORNIA

LOS ANGELES

HISTORIA DE LA ESCUELA URUGUAYA

HISTORIA

ESCUELA URUGUAYA

POR ORESTES ARAÚJO

Ex Inspector Departamental de Instrucción Primaria y Profesor de Historia y Geografía en los Institutos Normales de Montevideo ♦♦♦♦♦-«■♦♦♦♦^

TOMO I

MONTEVIDEO

]MP. DORXALECHE Y RETES 1905

Librarj

LA

ñas I

Esta obra es propiedad de su autor

\):\%

INTRODUCCIÓN

Entre los variados objetos que caen bajo el dominio del historiador, ninguno puede tener á los ojos del filósofo tanta importancia como la ins- trucción pública, que es el reflejo de las costum- bres, de las creencias y de las instituciones de todo género, en la época y en la edad que exa- mina. La historia cíela instrucción pública no puede ser un relato de acontecimientos, ni una colección de fechas, ni una lista de autores, de escritores, de Maestros y de escuelas; tiene que ser mucho más: tiene que poner de manifiesto sus orígenes y su influencia positiva ó negativa, moral y ma- terial, en la nación y en la época á que se con- traiga; tiene que marcar y deslindar los pasos por donde llegó á un punto determinado, y la acción que desde él ejerció en la vida entera del pueblo. ¿Y podría hacerse esto sin conocer la naturaleza

1887Ü77

- 8 -

íntima y las condiciones á que se encontraba antes, y á que se halló luego sometida la sociedad de que se trate? V

Las precedentes líneas, debidas á un ilustrado publicista español ^^\ encierran de una manera sintética, compendiada, el plan á que hemos suje- tado nuestro libro, no por espíritu de imitación, sino porque consideramos que no sería acertado escribir la historia de la escuela uruguaya prescin- diendo del medio en que ésta nació y se des- arrolló, ya que en más de una ocasión el enigma de ciertos hechos que á ella se refieren, encuen- tra su explicación natural y lógica en fenómenos sociales ó políticos que tuvieron por escenario las nacionalidades rioplatenses. Tan exacto es esto, que durante la dominación española la cuestión escolar estuvo, en el Uruguay, estrechamente vin- culada al problema religioso, así como en el caó- tico período revolucionario de los comienzos del siglo xviH sufrió todos los embates del oleaje político de aquellos tiempos, en que el país fué sucesivamente manejado por argentinos, patriotas, portugueses, brasileros y argentinos nuevamente en el corto período de quince años. Un noble y patriótico sentimiento dio después á la cultura del pueblo algún impulso, despojado de sectarismo religioso, y la historia de la escuela uruguaya ofrece

(1) Juan Miguel Sánchez de la Campa: Historia filosófica de la instrucción pública de España, desde sus primitivos tiempos hasta el dia. Burgos, 1871.

9 -

en esa época páginas consoladoras exentas de prejuicios ád líbitiim, para caer más tarde en las redes laberínticas de toda clase de preocupacio- nes sociales, de las que con una soberbia ente- reza ciudadana supo arrancarla la brillantísima y abnegada actuación del inolvidable reformador es- colar.

Se infiere de lo expuesto que no es lícito sus- traer las cuestiones pertenecientes á la instrucción pública de las cuestiones que llamaremos socio- lógicas, considerada la significación de esta pala- bra en el modo de estudiar ciertas relaciones y fenómenos humanos.

Durante el régimen colonial la instrucción de la infancia no fué considerada como un problema social á cuya solución debían contribuir las auto- ridades y el pueblo, sino como un simple factor moral que se dejó librado al clero, el cual á su vez lo restringió en beneficio de unos pocos, de manera que la acción de los jesuítas primero y de los franciscanos después, se hizo sentir entre las clases acomodadas exclusivamente, y esto en Montevideo, pues en cuanto á las pocas poblacio- nes que á la sazón existían, fueron contadas las que en aquellos tiempos lograron disponer de al- guna escuela, y aún ésta sin una acertada direc- ción pedagógica. Ni cómo podían tenerla cuando se dejaba al juicio de los Cabildos y de los Pá- rrocos el examen de suficiencia que debían prestar los Maestros para el ejercicio de su profesión?

- 10 -

Cierto es que en las postrimerías de la domi- nación española, algunos Ayuntamientos, como el de Montevideo, Soriano, Canelones, Rocha y Mal- donado sostuvieron escuelas para niños pobres, y que hubo algunas iniciativas particulares enca- minadas á difundir la educación de la infancia, sin excepciones ni distingos; pero estas manifes- taciones, escasas y aisladas, no respondían á nin- gún plan de enseñanza, y la que se dio entonces carecía del carácter peculiar que debe tener la es- cuela, en sus relaciones con la verdadera misión del hombre, desde que aquella enseñanza se ha- llaba impregnada de un misticismo tan insustan- cial como fuera de lugar.

Rendida la plaza de Montevideo y dueño del país el general Artigas, el problema de . la edu- cación va cambiando de fisonomía, desde que el caudillo, no sólo se preocupa de fundar escuelas, sino que inaugura la Biblioteca pública, trata de fomentar la agricultura mediante la instalación de colonias, crea pueblos, reparte tierras y ga- nado y estimula la publicación del primer perió- dico oriental. Sin embargo, la escuela de la patria fundada por el Precursor, adolece del mismo de- fecto de las anteriores, es decir, se entrega su dirección al clero, que, por muy ilustrado que fuese, no se olvidaría nunca de que su verda- dera mjsión era más religiosa que científica, más sacerdotal que pedagógica, más sagrada que pro- fana. De todos modos, la vida efímera de este

11

gobierno anuló las buenas intenciones de don José Gervasio Artigas.

La fama universal que á principios del siglo XIX había adquirido el nuevo sistema de ense- ñanza ideado por el inglés Lancáster, llegó á co- nocimiento del doctor Larrañaga, y éste, ponién- dose en relación con Mr. Thompson, represen- tante de aquel pedagogo en la América del Sur, trató de introducir en el Uruguay la enseñanza mutua, de la cual se contaban cosas tan sorpren- dentes, que fué considerada como milagrosa pa- nacea capaz de curar todos los males que aque- jaban á la humanidad.

El momento no era el más oportuno, pues el país se veía hollado por las plantas de un inva- sor odiado por tradición y por principio ; pero Larrañaga se aprovechó de la influencia que ejer- cía en el dictador extranjero para llevar á cabo su plan, el que transformó la faz de la escuela, ha- ciendo que sus beneficios alcanzaran á todas las clases sociales, y consiguiendo que las personas de mayor significación le prestaran su concurso, como se lo prestaron de buen grado, convenci- das de las excelencias del sistema lancasteriano. Ésta fué la primera evolución de la escuela uru- guaya, ya que los empíricos é irracionales medios de enseñanza hasta entonces empleados se veían sustituidos por otros mejores, á pesar de los de- fectos de que indiscutiblemente adolece el sistema mutuo. Podían sus panegiristas estar equivocados

12 -

en cuanto á los resultados de esta enseñanza, pero la verdad es que su aplicación respondía á un plan pedagógico, lo que no había sucedido mientras las escuelas estuvieron dirigidas por ór- denes religiosas y Cabildos, ajenos á esta clase de conocimientos. Y como la escuela lancaste- riana de Montevideo hizo época y su organiza- ción y resultados dejaron á todos complacidos, no es extraño que el gobierno patrio del año 25 hiciese suya la reforma escolar y tratase de arrai- garla y difundirla ordenando la fundación de otras en diferentes puntos de la Provincia, y decretara la creación de una Escuela normal encargada principalmente de formar Maestros con sujeción á la doctrina de Lancáster.

Obtenida la independencia absoluta del país, organizado éste en República y elegido el primer gobierno constitucional, el general don Fructuoso Rivera no echó en olvido las necesidades edu- cativas de sus compatriotas, y dictó una serie de disposiciones encaminadas á satisfacerlas, figu- rando entre ellas la fundación de varias escuelas en diferentes pueblos del litoral y campaña, que sujetó al sistema lancasteriano, aumentó el sueldo de los Preceptores elevándolo á 60 pesos men- suales, creó el puesto de Director general de es- cuelas, dispuso el establecimiento de bibliotecas ambulantes y el de una escuela de primeras le- tras para niñas de color, decretó la fundación de la Universidad, dictó varios reglamentos de ca-

- 13

rácter escolar y, por último, creó un colegio es- pecial en el que recibirían una educación completa los jóvenes, varones ó niñas, que, procedentes del interior, se incorporasen á él en calidad de alum- nos, quedando el Estado encargado de su sos- tenimiento. Todas estas mejoras que se introdu- jeron á través de un período de guerras civiles y trastornos políticos, patentizan los patrióticos sentimientos del gobernante en pro de la causa de la educación popular, y demuestran que ésta no era ya un asunto secundario y pueril, como en otros tiempos, sino que exigía de parte de los hombres de Estado cuidados y preferencias que no le negó el conquistador de las Misiones.

No fué á la zaga del general Rivera el segundo Presidente constitucional, pues dictó varios de- cretos encaminados á regularizar la parte econó- mica y estadística de la administración escolar, reglamentó el plan de estudios de la embrionaria Universidad, y dio á los Padres Escolapios todo género de facilidades para que ampliasen su ra- dio de acción, permitiéndoles consagrarse á la en- señanza de estudios superiores.

Sin embargo, ni el general Rivera ni el gene- ral Oribe plantearon el problema de la educación en su verdadero terreno, y de ahí que sus res- pectivos esfuerzos, indiscutiblemente nobles y patrióticos, no pueden ser considerados como reformas científicas capaces de ejercer una posi- tiva influencia en el porvenir de la nacionalidad^

- u -

sino como tanteos generosos y ensayos plausi- bles.

La creación del Instituto de Instrucción Pública en el año 1847, marca rumbos ya fijos y bien determinados en la instrucción pública del país, ampliando para esta Corporación las atribuciones que el artículo 126 de la Carta fundamental del Estado concede á las Juntas E. Administrativas; atribuciones que permitían al Instituto fomentar con más desahogo la educación de la infancia dictando programas, formando cuerpo de Precep- tores, reglamentando las escuelas é imprimiendo á la enseñanza pública caracteres propios que, fiel á su tradición, mantuvo hasta poco tiempo antes (1875) de la gran reforma escolar.

Todo esto demuestra que la necesidad de ele- var el nivel moral é intelectual del pueblo la sentían todos los hombres pensadores de aque- llas épocas, ya militasen en las filas de un par- tido ó de otro; pero las disposiciones que dic- taron y las reformas que propusieron evidencian que, en general, carecían de la preparación espe- cial que requiere el arduo problema escolar para resolverlo con acierto: toda su legislación res- pira una ingenuidad tan propia de aquellos tiem- pos y de aquellos hombres, como patriótica en su tendencia é inocente en sus resultados.

Las mismas facultades que se concedían al Instituto y que éste delegaba en las Juntas, dio margen á la más absoluta descentralización de la

- 15 -

instrucción pública, y si bien esto resultó venta- joso en aquellos departamentos cuyas autorida- des municipales interpretaron con sano criterio y buena voluntad el espíritu del legislador, en otros, en cambio, dio mérito á desaciertos y descui- dos que redundaron en perjuicio de la misma causa que sostenían.

Estos males se perpetuaron á través del tiem- po, á pesar de que en 1855 ya los señalaba con suma firmeza y gran acopio de datos el doctor don José G. Palomeque, indicando cuáles eran los medios encaminados á corregirlos; pero los gobiernos no prestaron á este trascendental asunto la atención que se merecía, y el país continuó entregado, por falta de suficiente cultura en algu- nas clases sociales, á las más violentas pasiones, que de vez en cuando estallan todavía para tras- tornar el orden público, enlutar á las familias y ahondar más aún el surco trazado por la intran- sigencia política.

Tocóle á don José Pedro Várela dilucidar en 1876 el arduo problema de la educación, y lo hizo con vistas tan profundas y proyecciones tan vastas, que el gobierno de entonces, viendo en él al hombre capaz de solucionarlo por su pre- paración especial, sus condiciones personales, su influencia en la sociedad y la nueva manera de encarar una cuestión tan delicada, no vaciló en concederle su más amplio concurso.

Vino, pues, la reforma escolar, que implicó la

- 16 -

evolución más racional y científica que ha sufrido la escuela uruguaya, y con ella vino la enseñanza obligatoria y gratuita, su descentralización y la muerte del empirismo mediante el empleo de nuevos sistemas, métodos y procedimientos pe- dagógicos; estableció la coeducación de los sexos, graduó los sueldos del magisterio, creó el cuerpo de Inspectores, uniformó los textos, dictó pro- gramas nuevos, celebró conferencias, aumentó el número de escuelas, abarató la enseñanza, y, so- bre todo, enalteció la noble figura del Maestro, colmándolo de todo género de consideraciones. He aquí por qué se puede asegurar que la re- forma á que aludimos fué algo más que la incor- poración de una nueva ley á la legislación gene- ral de la República: fué la planteación de un problema social que, debido á causas complejas, todavía marcha en procura de solución, á pesar de la confianza que Várela tenía en la magnitud de los resultados y en la incontrastable influen- cia de su patriótico pensamiento.

Como quiera que sea, la causa de la educa- ción del pueblo uruguayo sigue progresando en virtud de la velocidad adquirida, y el impulso que supo darle el ilustrado y enérgico reforma- dor, nadie será capaz de aminorarlo.

Orestes Araújo.

Montevideo, 4 de Junio de 1905.

CAPITULO I

De las leyes de Indias en sus relaciones con el problema de la educación

1

ESCUELAS Y MAESTROS

SUMARIO: 1. Grado de cultura de los pueblos americanos en la época de su descubrimiento por los españoles. —2. Los prime- ros Maestros. —3. Difusión de la enseñanza. 4. Educación de la nobleza indígena. —5. Colegio para niños pobres mestizos. 6. Cátedras para el estudio de los idiomas americanos.— 7, Sueldos de Profesores y Maestros. 8. Escuelas laicas. 9. Los sacristanes de las iglesias del Río de la Plata converti- dos en Maestros de escuela. 10. Observaciones astronómicas y documentación histórica.

1. Cuando Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo y España inició el glorioso período de su conquista, los aborígenes americanos se encontraban en un grado muy inferior de ci- vilización, comparada ésta con la de los españoles. Cierto es que Méjico, el Perú y Nueva Granada presentaban mucho más adelanto que el resto de América; pero, aun la cultura de los aztecas, pe- ruanos y muiscas no permite colocar á estos pue-

T. I. La E. Uruguaya. 2.

18

blos sino en el catálogo de las sociedades semi- civilizadas.

2. Surgió, por consiguiente, la necesidad de sus- traerlos del embrutecimiento en que se hallaban, pero como para llegar á este fin había de ante- mano que dominarlos, fueron varios los procedi- mientos que se aplicaron para alcanzar el resultado apetecido. Así es cómo al lado del guerrero que lucha contra fuerzas superiores en número, vemos al sacerdote evangelizando suavemente á los sal- vajes y, á veces, sometiéndolos de buen grado: los misioneros, cualquiera que fuese la orden á que pertenecieran, deben, pues, considerarse como los primeros Maestros que tuvieron los indios, ya que no sólo se preocuparon de catequizarlos, sino de proporcionarles alguna instrucción: conocimientos de los fundamentales preceptos de la religión cris- tiana, leer, contar, escribir y diversidad de trabajos manuales, en los que tan aficionados y diestros se manifestaron todos los indígenas, y en particular los guaraníes '^l En tiempo del último gobierno de

Irala existía en el Paraguay una escuela para varones atendida por dos Maestros, á la que asistían dos mil personas que manifestaban par- ticularísimo empeño en aprender ^~\

3. Lanzados de lleno á la conquista espiritual

(1) Fray Antonio Tamajuncosa: Descripción de las tnisiones al cargo del Colegio de Nuestra Señora de los Angeles de la villa de Tarija. Buenos Aires, 1836.

(2) Rui Díaz de Guzmán: La Argentina, Lib. 3.°, Cap. i.

- 19 ~

de las tribus indígenas, jesuítas, franciscanos, do- minicos, mercedarios y otras órdenes monásti- cas fundaron numerosas reducciones y pueblos provistos de sus correspondientes capillas, sin ol- vidarse de establecer escuelas cuyos locales se encontraban casi siempre al lado de las iglesias, como todavía sucede á pesar de las nuevas exi- gencias de la época. Estos modestísimos centros de educación adolecían de todos los defectos propios de aquellos tiempos; afirmación que con- sideramos inoficioso demostrar, desde que está en la verdad de los hechos y en la conciencia de las personas versadas en la materia de enseñanza.

4. No fué solamente la masa de la población infantil indígena la que preocupó á las autorida- des peninsulares, pues los reyes de España cui- daron de que los hijos de caciques indios reci- bieran una educación relacionada con su abolengo, creando escuelas para estos niños,

de igual modo que se sostenían en España cole- gios para los hijos de su nobleza. La educación de los hijos de caciques comprendía lengua cas- tellana, catecismo y doctrina cristiana, leer, escribir, contar y gramática latina ^^\

5. No se suponga, por lo que queda dicho, que los hijos de otras clases sociales de raza indígena fueron olvidados por parte de los reyes de España, pues se dispuso la fundación de colegios para ni-

( 1 ) Recopilación de las Leyes de Indias: Le}- xi, 8 Diciembre 1535.

- 20 -

ños pobres mestizos, en los cuales debía enseñarse la imprescindible doctrina cristiana y buenas cos- tumbres, debiendo sus mentores procurar á todo trance que no se criasen viciosos ni vaga- bundos; de suerte que la educación moral de los mestizos merecía solícitos cuidados por parte de la madre patria ^^\

6. Para que la educación prodigada á los natu- rales fuese provechosa, era lógico que los Maes- tros, religiosos ó laicos, necesitaban conocer las lenguas indígenas, de modo que, una vez funda- das las universidades de Méjico y Lima, se ordenó la creación en ellas de cátedras idiomas < de las lenguas de la tierra, entregándose su dirección á los Padres de la Compañía de Jesús ^^\ Es más: en América no se podía ordenar de sacerdote nin- guno que no conociese la lengua indígena, aun- que el ordenante tenga habilidad y suficiencia en la facultad que la santa Iglesia y sagrados cánones mandan ^3); . lo que equivale á ad- vertir que en este caso el conocimiento de las lenguas que hablaban los naturales estaba por en- cima del conocimiento de la teología y las leyes eclesiásticas. Famosas son las gramáticas y voca- bularios de los Padres Ruiz de Montoya, Restivo, Domingo de Santo Tomás, Gay, Dobrizshoffer y

(1) Recopilación de las Leyes de Indias: Ley xiv, 8 Septiem- bre 1557.

(2) Id. id.: Le)' xlvi, 19 Septiembre 1580.

(3) Id. id.: Ley lvi, 19 Septiembre 1580.

21

otros muchos, dedicados con gran vocación é ido- neidad á los más profundos y escabrosos estudios filológicos.

7. La remuneración de los servicios que los Maestros prestaban era sumamente variable, se- gún se tratase de sacerdotes ó de civiles, de las corporaciones ó instituciones de quienes depen- dían y de la clase de tarea que se les confiaba dentro de la rama educativa. Un Profesor jesuíta consa- ifi97 S^^^^ ^ '^ enseñanza de las lenguas de la tierra, disfrutaba de 400 ducados anuales de sueldo ^^\ En cambio, 80 años después del des- cubrimiento de América, Felipe II expedía una cédula real diciendo: Mandamos á los virreyes y gobernadores que en caso de nombrar Pre- ceptores de gramática para algunos pueblos de sus jurisdicciones, no hagan pagar ni paguen los sala- rios de nuestra caja real, y ordenen que sean mo- derados, y los Preceptores personas competentes y naturales de estos nuestros reinos y de nues- tras Indias, y se paguen de tributos de indios va- cos, ó de otros efectos que no sean de la real ha- cienda ^-'.» De donde se deduce que mientras los Catedráticos universitarios gozaban de estipendios relativamente elevados, que eran satisfechos por el tesoro real, los emolumentos de los Precep- tores de gramática, vulgo Maestros de es-

(1) Recopilación de las Leyes de Indias: xlxix, 17 Febrero 1627. (L') Id. id.: xLviii, 2 Enero 1572.

99

cuela, estaban sujetos á rentas eventuales y de difí- cil percepción.

8. Á medida que las colonias españolas de Amé- rica fueron reemplazando su población primitiva por la que le sucedió, y cuando empezaron á plan- tearse pueblos, villas y ciudades, se fundaron es- cuelas de todo género y para todas las clases sociales. Además de las que sostenían las congre- gaciones religiosas, los Cabildos también mantu- vieron escuelas públicas, y si no las establecieron antes, no debe achacarse á incuria de estas abne- gadas y útilísimas instituciones, sino á la cortedad de los medios y á la escasez de vecindario de los primitivos núcleos de población que habrían encarecido la enseñanza, dando, además, un pobre resultado. Completaban la estadística escolar de aquellos tiempos algunos colegios, que eran los menos frecuentados, debidos á la iniciativa pri- vada.

Estos últimos establecimientos estaban destina- dos á los hijos de las familias más pudientes y de mayor viso, en razón de que éstas constituían el núcleo aristocrático de las colonias que aspi- raba á parangonarse con la vieja aristocracia pe- ninsular ^^K < Y como los hijos de todo español nacido en América eran nobles, y por consiguiente

(1) Léase acerca del particular un opúsculo publicado en 1876 con el título de Ensayo sobre ¡a formación de una clase media, por don Francisco Bauza.

- 23 -

lodos podían aspirar á las más altas posiciones si las conquistaban por su saber ó por sus rique- zas, los hijos de América y los de España, de todas clases y condiciones, si aunaban sus esfuer- zos para promover los adelantos materiales, con más gusto aunaban sus recursos para fomentar la instrucción pública. Los hijos de España, que no sabían leer siquiera, procuraban que sus hijos, nacidos en las colonias, fuesen sabios de primer orden, y si bien es cierto que en el reino de los sabios son muchos los llamados y pocos los ele- gidos, desde que todos los jóvenes procuraban serlo, muchos debían conseguirlo. Y el gobierno, lejos de trabajar para mantener á los hijos de las colonias en la ignorancia, como dicen sus detrac- lores, desde los primeros años de la dominación procuró que los hijos de sus posesiones ultrama- rinas adelantasen tanto ó más que los de la Pe- nínsula ^^\»

0. Las leyes de Indias, en cuanto se relacionan con el problema de la educación de los naturales de América, poca aplicación tuvieron en el Uruguay, pues cuando se crearon las universidades de Méjico y Lima, el territorio oriental aun continuaba some- tido al salvajismo de sus tribus bárbaras, no exis^ tiendo aquí todavía ninguna población, como se verá en el siguiente capítulo; de modo que la cédula real disponiendo que los sacristanes de las iglesias de los pueblos del Río de la Plata

( 1 ) Gil Gelpi y Ferro: Estudios sobre la América; t. 8.°, cap. xviii.

- 24 -

hiciesen las veces de Maestros de escuela, no tuvo razón de ser ni pudo cumplirse en esta parte de América '^l

10. Por las mismas causas, tampoco fué posi- ble dar cumplimiento á otra cédula real, según la cual se ordenaba que se observase un eclipse de luna que se verificaría en el mes de Julio, y además, en virtud de que, según asegura un concienzudo historiador ^^'', á la sa- zón no había ni un reloj en Buenos Aires, pero la disposición regia siempre probaría que el es- tudio de la ciencia astronómica no estaba des- cuidado, como no lo estaba el de la historia, ya que los monarcas recomendaban que se reunie- sen y enviasen á España todos aquellos docu- mentos que pudiesen servir para escribir la de América ^^'K

« Si consideramos las disposiciones que sobre el particular se dictaron, comparando sus resul- tados con los que se han obtenido en esas im- portantes ciencias durante el siglo en que vivi- mos, no tiene duda de que parecerían aquéllas muy defectuosas é insuficientes para llenar sus objetos. Pero es necesario que nos vayamos sa- cudiendo del vicio de deprimir el mérito de nues- tros mayores, porque no les fué dado en su

(1) Véase el núm. 1 de los Documentos de prueba.

(2) Manuel Ricardo Trelles: Revista del Archivo general de Buenos Aires; vol. i, píig. 32.

(3) Véase el núm. 2 de los Documentos de prueba.

- 25 -

época alcanzar los progresos de nuestro siglo. Recordemos que en pos nuestro vienen muchos siglos, y, por consiguiente, progresos incalcula- bles, ante los cuales nuestra época parecerá primi- tiva en m.uchos respectos, y que debemos esperar que la posteridad nos juzgue con la indulgencia más sabia que nosotros ^^\

II

ORGANIZACIÓN UNIVERSITARIA

SUMARIO: 1. Fundación délas universidades de Méjico y Lima. 2. Universidades libres.— 3. Privilegios que gozaban estos establecimientos }• sus funcionarios. —4. Estudios universita- rios.— 5. Otros estudios.

1. Apenas hubo transcurrido el período de la conquista para entrar en el de la colonización, cuando los reyes de España dispusieron ^-^ la creación de las universidades de Méjico y Lima, basados en la necesidad de que los subditos y naturales americanos pudiesen dedicarse al estu- dio de todas las ciencias y facultades que por entonces se enseñaban en esta clase de institu- ciones. Al mismo tiempo se concedían á las per- sonas que se graduasen en estos establecimien-

(1 ) Manuel R. Trelles, ob. cit.; vol. i, pág. 31.

(2) Recopilación de Leyes de Indias: Ley i, 2 Septiembre 1551.

- 26 -

tos las mismas libertades y franquezas de que gozaban los que estudiaban en la célebre Uni- versidad de Salamanca.

2. Á la fundación de estas universidades si- guióse la de otras muchas en diferentes puntos de América, hasta que, durante el reinado de Fe- lipe IV, se autorizó el funcionamiento de univer- sidades libres, con la sola obligación de sujetarse á la legislación vigente á la sazón en materia de organización de estudios ^^K

3. La elección de Rector era libre ^-\ no pu- diendo los virreyes poner trabas á esta libertad, como tampoco les era permitido influir en la pro- visión de cátedras; y á fin de que nadie mono- polizara la enseñanza universitaria, por otra ley no menos sabia que las anteriores, se disponía que ^^Ma elección de Rector recayese un año en alguno de los doctores seglares del claustro y otro año en los doctores y maestros eclesiás- ticos. Había incompatibilidad entre el cargo de Rector y el de Alcalde, Fiscal ú Oidor ^^\ Los fueros de los Rectores de las universidades de Lima y Méjico era tantos y de tal importancia, que su enumeración en este lugar sería cansada, por lo cual hacemos gracia de ella á nuestros lectores. Sin embargo, á título de curiosidad, ci-

( 1) Recopilación de Leyes de Indias: Ley ii, reinado de Felipe IV

(2) ídem ídem ídem: Ley v, 24 Mayo 1597.

(3) ídem ídem ídem: Ley vi, 13 Mayo 1590.

(4) ídem ídem ídem: Ley vii, 19 Abril 1589.

- 27 -

taremos entre aquellos fueros la facultad de po- der nombrar alguacil de corte y ser escoltados por dos lacayos negros que usarían espadas ^^^. 4. Las materias origen de los estudios univer- sitarios fueron muy reducidas al principio, pero se aumentaron en número y extensión á medida que transcurrieron los años y que nuevas exigen- cias profesionales los impusieron ; entre ellos pue- den citarse la gramática castellana, el latín, teo- logía, historia sagrada, filosofía, derecho, litera- tura, lenguas americanas y algunos principios empíricos de física. En tiempo de Felipe IV (1621- 1665) se crearon cátedras de medicina ^-\ Á fines del reinado de Carlos IV se dispuso la crea- ción en Buenos Aires de una cátedra de cirugía y otra de medicina con un profesor cada una: en esta escuela se formaron los primeros médicos na- cionales del virreinato, que recibieron su diploma en 1806 ^^h Tanto en las universidades como en los seminarios la enseñanza se hacía en latín, por medio de libros que los estudiantes confia- ban literalmente á la memoria. Esto no impidió que de dichos establecimientos saliesen con el transcurso del tiempo hombres eminentes en el dominio de las ciencias físicas y morales ^^'.

( 1) Recopilación de Leyes de Indias: Ley viir, 24 Abril 161S.

(2) ídem ídem ídem: Ley xxxiii, 7 Marzo 1638.

(3j Francisco A, Berra: Bosquejo histórico . Cap. iv, (4) Véase Alejandro de Humboldt: Ensayo político sobre la Nueva España; Lib. ii, Cap. vii.

- 28

5. En 1799 don Pedro A. Cervino, compañero del ilustrado don Félix de Azara, < fundó en la ciudad de Buenos Aires una Academia de Náu- tica bajo los auspicios del Consulado, sin gozar sueldo y facilitando para el estudio de aquella ciencia nueva sus instrumentos y sus libros. La Academia se abrió con quince alumnos que en Marzo de 1802 pudieron ya rendir sus exáme- nes ( 1 \ »

III

LIBROS SAGRADOS Y PROFANOS

SUMARIO: 1. Libros de asuntos de Indias. 2. Libros religiosos. 3. Libros heréticos.

1. Los gobiernos españoles de aquellas épocas ejercían una rigurosa vigilancia en lo que se re- fería á impresión y venta de libros, y si bien mu- chas de las disposiciones adoptadas, tales como las que aluden á textos escolares, tenían su natu- ral explicación, pues en la actualidad se procede con un criterio parecido ó igual, hubo otras que dan una pobre idea del modo de pensar de los legisladores de entonces, que se agitaban peno- samente dentro del círculo estrecho de la intole- rancia religiosa. No era permitido, por ejemplo,

( 1 ) Luis L. Domínguez : Historia Argentina; Cap. vi, pág. 139.

- 29 -

imprimir ni vender ningún libro que tratase de asuntos de América sin haberse de antemano pro- visto de una licencia especial del Consejo de In- dias. La infracción de esta orden era penada con doscientos mil maravedís ^^^ y pérdida de la im- presión é instrumentos de ella ^-\ Tampoco era lícito á ninguna persona transportar á América libros que tratasen de asuntos de Indias, ya hu- biesen sido impresos en España ó en el extran- jero ^^\ Se exigía el requisito de la previa censura en la impresión de cartillas y demás libros de escuela, así como tratándose de Vocabularios y Gramáticas de lenguas indígenas ^^\ no consin- tiéndose tampoco en América libros profanos, ni fabulosos, ni que tratasen de fingidas historias, porque de su lectura se derivaban muchos inconve- nientes, según decía el rey don Garios en la cédula respectiva ^^\ Las embarcaciones que llegaban á los puertos de España ó de las Indias, cualquiera que fuese su procedencia, eran rigurosamente es- cudriñadas para ver si conducían libros prohibidos, en cuyo caso eran decomisados ^^\ haciéndose extensiva á los prelados. Audiencias y oficiales reales la obligación de recoger este género de

(1) Cada maravedí equivalía á tres centesimos del actual real español.

(2) Id. Tít. 24, Ley i, 21 de Septiembre 1556.

(3) Id. Tít. 24, Ley ii.

(4) Id. Tít. 24, Ley iii. Mayo 15S4.

(5) Id. Tít. 24, Ley iv, 29 Septiembre 1543.

(6) Id. Tít. 24. Ley vi, 18 Enero 1585.

- 30 -

obras « conforme á los expurgatorios de la Santa Inquisición ^^\»

2. En cuanto á los libros religiosos, aunque estaban autorizados como todos los de su género,, necesitaban un permiso especial del monasterio de San Lorenzo ^- \ En cambio, dichos libros, y sobre todo los de rezo, eran remitidos á América en grandes cantidades, libres de fletes y derechos, cuyo pago no podían exigir los capitanes de ga- leones y flotas so pena de incurrir en falta ^^\ Los expresados libros, que consistían en breviarios, misales, diurnarios, horas, entonatorios, procesio- narios y otros del rezo y oficios divinos, eran ven- didos por la Real Hacienda de las colonias, y su producto puntualmente enviado á la Casa de Con- tratación '^^' .

3. Pero, donde el rigor se extremaba, era en la introducción de libros heréticos que se mandaban recoger impidiendo su comunicación; y respecto de tan perniciosa literatura, decía así una cédula real: < Porque los herejes piratas, con ocasión de las presas y rescates, han tenido alguna comuni- cación en los puertos de las Indias, y ésta es muy dañosa á la pureza con que nuestros vasallos creen y tienen la santa fe católica por los libros heré- ticos y proposiciones falsas que esparcen y co-

cí) Id. Tít. 24, Ley vii, 9 Octubre 1556.

(2) Id. Tít. 24. Le}' viii, 16 Octubre 1575.

(3) Id. Tít. 24, Ley ix, 19 Agosto 1614.

(4) Id. Tít. 24, Ley xi, 15 Mayo 1581 y 20 Enero lóIO.

- 31 -

munican á gente ignorante: mandamos á los go- bernadores y justicias, y rogamos y encargamos á los arzobispos y obispos de las Indias y puertos de ellas, que procuren recoger todos los libros que los herejes hubiesen llevado ó llevaren á aque- llas partes, y vivan con mucho cuidado de impe- dirlo ^i\> Á pesar de estas órdenes, recomenda- ciones y medidas de rigor, la introducción clan- destina de libros prohibidos en el Río de la Plata por naves flamencas y portuguesas fué un hecho fatal que nadie pudo evitar^-'.

Por último, de cada libro que se imprimiese en las Indias, el impresor, además del requisito de la previa censura, tenía el deber de enviar veinte ejemplares al Consejo de Indias para ser reparti- dos entre los miembros de esta Corporación ^^K

(1) Id. Tít. 24, Ley xiv, 11 Febrero 1609.

(2) J. T. Medina: El tribtmal del Santo Oficio de la Inquisi- ción en las Provincias del Plata; Cap. vi,

(3) Recopilación de las Leyes de Indias: Tít. 24, Ley xv, 19 Marzo ló47.

CAPITULO 11

Primeras tentativas de colonización

CONSTRUCCIÓN Y DESTRUCCIÓN DEL FORTÍN DE SAN SALVADOR

SUMARIO: 1. Viaje de Gaboto al Río de la Plata. 2. Construc- ción del fuerte de San Salvador. 3. Primeros cultivos en tierras uruguayas. 4. Destrucción del fuerte y retirada de Gaboto. 5. Cómo era el fortín destruido.— 6. Fracaso natural de este primer ensa^'o de civilización.

1. Arrastrado por una insaciable sed de oro; mal aconsejado por algunos de sus capitanes, é inspi- rado por torpes noticias acerca de la existencia de metales preciosos en la cuenca del Plata, una vez que hubo llegado al Brasil, Sebastián Gaboto, prescindiendo de los compromisos contraídos con el rey de España y los armadores de sus buques, desistió del viaje á las Molucas é inició la explo- ración de las principales arterias fluviales que dan. origen al gran estuario sudamericano ^ ^ I

(1) Rui Díaz de Guzmán: La Argentina, cap. iv, T. I. La E. Uruguaya. 3.

- 34 -

2. Pero, antes de remontar el Paraná, reconoció la desembocadura del Uruguay ^^^ y, hallando que el San Salvador ofrecía un ancladero cómodo y se- guro para sus naves, desembarcó en este último punto, levantando sobre su margen oriental un fortín, primer baluarte de la conquista española en el Plata.

3. Los indígenas no se mostraron hostiles á los españoles, quienes pudieron entregarse al cultivo de la tierra, la que tan pródiga se mostró, que una siembra de 50 granos de trigo produjo á los tres meses 550 granos, llenando de justa admiración á los colonos aquel primer ensayo agrícola en el Uruguay ^-l

4. La conducta imprudente de algunos soldados de la expedición de Diego García, con los cuales se aumentó la guarnición de San Salvador, dio margen á que los naturales se rebelasen contra los españoles y, destruyendo el fortín prenom- brado, quedara anulada la obra civilizadora de Oa- boto, quien recogió á los fugitivos y se los llevó

á la madre patria, lamentando la desgracia, pero sin detenerse en castigar á los bárba- ros ni en reediñcar el fuerte ^^\

(1) Este río figura con el nombre de Hiiruay en el primer plano del Río de la Plata levantado por Gaboto y publicado en 1544,

(2) Francisco Bauza: Historia de la dominación española en el Uruguay, tomo 1.°, libro ii.

(3) Pedro Lozano: Historia de la cotiquista del Rio de la Plata y Tucumán, tomo 2.°, cap. ii. José GnevSira.: Historia del Para- guay, Rio de la Plata y Tucumán : libro ii.

35

5. El hecho de ser el fortín de San Salvador una construcción improvisada y rudimentaria, do- tada de escaso número de soldados, explica per- fectamente su fácil destrucción por parte de los indígenas del Uruguay. Y tan exacto es esto, que no ha quedado ni el más leve rastro de un edi- ficio tan rústico y endeble ^^\

6. Con otros medios, con más recursos, con mejores planes y con mayor disciplina de parte de los suyos, Gaboto pudo haber echado los ci- mientos de la sociabilidad uruguaya con la cons- trucción de San Salvador, aun en medio de pueblos aguerridos, valientes y numerosos, pero bárbaros, como lo eran los charrúas y los yarós, á quienes se atribuye el aniquilamiento del mencionado for- tín. Así fué cómo fracasó este primer paso dado en favor de la cultura moral y material de los primitivos habitantes del Uruguay.

1) Véase Pedro de Angelis: índice geográfico é histórico.

- 36 - II

SAN JUAN

SUMARIO: 1. Hipótesis acerca de su ubicación. 2. Propósitos del monarca español de fundar una población en la emboca- dura del Plata. 3. Irala participa de iguales ideas. 4. Fun- dación de San Juan. b. Carácter de esta colonia.— 6. Hostili- dad de los indígenas. 7. Despoblación y abandono de San Juan.

1. No es del caso averiguar si la pequeña ciu- dad de San Juan fué construida sobre las márge- nes del arroyo de su nombre, como dicen casi

todos los historiadores primitivos, y como se deduce por las distancias relativas entre los varios puntos que señalan las crónicas de aquellos tiempos, ó si se levantó sobre las mis- mas ruinas que habían dejado los colonos de Antonio de Grajeda, según afirma algún escritor; moderno '^^\ aunque sin probar sus aseveraciones de igual modo que conceptuamos aventurado sos- tener que fuesen portugueses y no indígenas del Uruguay quienes, mediante sus continuas hostili- dades, obligasen á los habitantes de la colonia agrícola militar de San Juan á abandonarla y re- tirarse al Paraguay, de donde procedían.

2. Lo que se sabe positivamente, es que el monarca que á la sazón regía los destinos de Es-

(1) Domingo Ordoñana: Conferencias sociales y económicas, págs, 40 y 41.

- 37 -

paña, deseaba que á todo trance se estableciese una población sobre la margen septentrional del río de la Plata, con objeto de que las expedicio- nes destinadas al Paraguay tuviesen aquí un punto de escala, ya que la experiencia había demostrado cuan peligroso era abordar sus costas sin contar en ellas con alguna protección; además, los lími- tes de la conquista por el lado del Uruguay no se ensancharían mientras no se venciese, de buen grado ó á la fuerza, la resistencia que ofrecían los naturales del país.

3. Interpretando estas plausibles ideas, alistó Irala

120 soldados decididos, que puso bajo las inmediatas órdenes del capitán Juan Romero, con recomendación de tomar tierra en la costa norte del gran río, más ó menos cerca de su des- agüe en el Océano, y allí fundar la población pro- yectada.

4. Acompañada de su jefe embarcóse esta fuerza < con algunos indiecitos crístianizados » '^^ en dos bergantines que, impulsados por vientos suaves y mansamente favorecidos por la corriente de los ríos, como presagio de felicidad y buen éxito, lle- garon hasta la altura de Buenos Aires, abandonada desde 1541 (10 de Abríl), de donde, rumbeando al NE., dieron en la ríbera opuesta con la barra de un riachuelo, al que pusieron por nombre San Juan, ya por haberío encontrado el día de este

(1) Domingo Ordoñana, ob. cit., pág. 40.

- 38 -

santo (24 de Junio de 1553), ó á causa del nom- bre de pila del jefe de la expedición. Inmediata- mente se dio principio á levantar sobre sus orillas una ciudad pequeña, pero que llenaba las princi- pales necesidades de sus fundadores, cuya insta- lación se celebró con todas las solemnidades de práctica en estos casos, dotándola prontamente de oficiales y regidores para su buen gobierno polí- tico y ordenada administración ^^\

5. Edificada la ciudad y determinada su planta urbana, que fué adecuadamente fortificada para mayor seguridad de sus moradores, dispuso Ro- mero repartir chacras á éstos para que se dedi- casen á la agricultura, única industria que por en- tonces podían emprender, no para la explotación comercial de sus productos, pues esto era poco menos que imposible, sino como medio necesario de vida; y con tanto afán y buena voluntad tra- bajaron los colonos, que muy pronto rodearon á la naciente población de numerosas áreas de va- riados cultivos, á la vez que las plateadas y tran- quilas aguas del riachuelo reflejaban el perfil de los rústicos edificios de la diminuta ciudad de San Juan ^-\que,con sus construcciones cómodas y sanas, y los plantíos que la contorneaban, ofrecían á la raza indígena una muestra de los beneficios que reporta la vida civilizada.

(1) P. Lozano, ob. cit., vol. 3.°, cap, i.

(2) Francisco Bauza, ob. cit , vol. 1.", lib. ir, pág.

- 39 -

6. Los primeros tiempos de esta colonia agrícola- militar se deslizaron tranquilamente, hasta que los indígenas se conjuraron para ahuyentar á sus mo- radores, intentando varias veces asaltar la pobla- ción, aunque sin ningún resultado favorable para ellos, que se vieron siempre rechazados con al- gunas pérdidas en el personal de sus hordas. Pero tanto menudearon los ataques, que ya no daban tregua á los castellanos para atender á la labranza, que por fin tuvo que ser abandonada del todo. Casi inmediatamente empezó á sentirse el rigor del hambre, que creció hasta el